Queremos destacar la formación como: proceso continuado de conversión, crecimiento
y maduración de la persona en su doble línea de interiorización y apertura, que
nos lleve, a una adhesión vital a Dios y a un compromiso más fecundo en la construcción
del Reino (cfr. NL nº 223, II).
La formación es como la respiración, algo que acompaña a la vida religiosa en su
transcurso ordinario y extraordinario; es su ritmo constante, lo que realiza de
acuerdo con el plan de Dios. Es acción divina, por tanto don y gracia, antes de
ser esfuerzo del hombre; pero requiere la plena disponibilidad del hombre, su libertad,
inteligente y activa para aprender de toda persona y en todo contexto, en cada época
y edad, con el fin de dejarse instruir y enriquecer. La persona que se deja enseñar
se apropia del tiempo, se introduce con sabiduría en los diversos ritmos de la vida.
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